jueves, 25 de mayo de 2017

Evangelio según san Mateo (28,16-20) y Reflexiones sobre la Ascensión de Jesucristo a los Cielos

A todo aquel que quiera conocer a JESUCRISTO RESUCITADO

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«Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, dice el Señor, y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo».

Con afecto, aprecio y la fe en JESUCRISTO que asciende a los cielos.

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Primera lectura

 

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (1,1-11):

 

En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseno desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.

Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino: «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días».

Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:

«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?».

Les dijo:

«No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y "hasta el confín de la tierra"».

Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».

 

Palabra de Dios    

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Salmo 46,2-3.6-7.8-9

 

R/. Dios asciende entre aclamaciones;

 el Señor, al son de trompetas

 

Pueblos todos, batid palmas,

aclamad a Dios con gritos de júbilo;

porque el Señor altísimo es terrible,

 emperador de toda la tierra. R/.

 

Dios asciende entre aclamaciones;

el Señor, al son de trompetas:

tocad para Dios, tocad;

 tocad para nuestro Rey, tocad. R/.

 

Porque Dios es el rey del mundo:

tocad con maestría.

Dios reina sobre las naciones,

 Dios se sienta en su trono sagrado. R/.       

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Segunda lectura

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,17-23):

 

HERMANOS:

El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro.

Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.

 

Palabra de Dios    

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Evangelio según san Mateo (28,16-20)

 

28,16: «Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que les había indicado Jesús.

28,17: Al verlo, se postraron, pero algunos dudaron.

28,18: Jesús se acercó y les habló: — Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra.

28,19: Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

28,20: y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado.

Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo».

 

Palabra del Señor

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«En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado».

San Mateo confiere a esta escena una muy especial grandeza. Están los once esperándole en el monte. Parece que los discípulos ven venir a Cristo de un lugar entre el cielo y la tierra, movido por un gran ímpetu, tan grande como el poder que va a conferir a los suyos. Viene con paso firme. Impresiona. Tanto que "al verlo, lo adoraron pero algunos dudaban". Esta vez su postura ante él era de adoración, como si ahora vieran en Él más al Dios que era que al compañero que había sido.

Y Jesús vuelve a hablar de lo que siempre habló: del reino de Dios que anunció en este monte. Pero ahora todo es más claro, ya no hay veladuras. El reino de Dios ya se ha realizado en él. Y habla con autoridad, con una verdad que no es de este mundo. Sus palabras son palabras de eternidad. Oyéndole hablar y experimentando su presencia los Apóstoles ven realizado lo que les anunciara. Jesús hace ahora tres declaraciones de importancia capital para sus discípulos. Declaraciones que ellos grabaron muy bien en sus mentes.

"Acercándose a ellos, Jesús les dijo: Se me ha dado pleno poder en el ciclo y en la tierra". Este pleno poder no es nuevo en Él, pero ahora su condición de resucitado le permite desplegarlo en toda dirección y ejercerlo en toda su intensidad. Es un poder que le ha sido dado por el Padre, cuyo enviado es. Es un poder sobre el cielo: sobre cuanto a Dios se refiere; y sobre la tierra: sobre cuanto atañe a los hombres. 

En su persona se juntan los destinos del hombre y de Dios, con lo que afirma su soberano poder de Dios-hombre.

El Señor tiene poder en el cielo y en la tierra. Y sólo quien tiene todo este poder posee el auténtico poder, el poder salvador. Sin el cielo, el poder terreno queda siempre ambiguo y frágil. Sólo el poder que se pone bajo el criterio y el juicio del cielo, de Dios, puede ser un poder para el bien. Y sólo el poder que está bajo la bendición de Dios puede ser digno de confianza.

Jesús tiene este poder en cuanto resucitado: este poder presupone la cruz, presupone su muerte. Presupone el otro monte, el Gólgota, donde murió clavado en la cruz, escarnecido por los hombres y abandonado por los suyos. El reino de Cristo es distinto de los reinos de la tierra y de su apariencia que se disipa. El reino de Cristo crece a través de la humildad de la predicación en aquellos que aceptan ser sus discípulos.

De este poder se derivará la misión que, a continuación, va a encomendar a los suyos. Misión que es, a la vez, una orden y una fuerza, un mandato y una gracia para realizarla. Esta gracia conducirá a los discípulos a la conquista del mundo. Pero no a una conquista dominadora. Se trata de una penetración espiritual que respetará la libertad de cuantos la reciban.

"Vayan, pues, y hagan discípulos de todos los pueblos…"

Hay que romper ya el estrecho círculo de Israel al que hasta ahora nos hemos limitado. Habrá que emprender el camino de las naciones, porque todas pueden convertirse en campo de siembra y recolección, en todas hay ovejas que pueden y deben formar parte de este redil. El horizonte se ensancha. Los apóstoles harán lo que Jesús solamente ha comenzado. Porque ahora Él se va al Padre.

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Nos enseña el Catecismo: "Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada. 

Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, se hace cercano del hombre: le llama y le ayuda a buscarle, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. 

Para lograrlo, llegada la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo como Redentor y Salvador. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada. Para que esta llamada resonara en toda la tierra, Cristo envió a los apóstoles que había escogido, Dándoles el mandato de anunciar el Evangelio".

Jesús ha cumplido su misión.

Debe retornar a su lugar de origen, al lado del Padre, para continuar viviendo en plena comunión con él y el Espíritu.

Ahora comienza el tiempo de sus discípulos.

En aquel tiempo de la Ascensión, eran los discípulos que practicamente vivieron con ÉL, más de ahí en adelante hasta nuestros tiempos, nos incluye a todos nosotros los creyentes,  los verdaderos seguidores.  

Es la hora de la Iglesia, su momento; como comunidad creyente. Igual que el Maestro, la comunidad de discípulos va a sufrir persecuciones, calumnias, injurias, cárceles y muerte.

Sin embargo, Jesús garantiza a sus discípulos que, si son fieles, el Espíritu Santo no los abandonará.   El, a través de el Espiritú Santo,  será la garantía para no desfallecer en el conflicto.

El será el testigo fiel que los defenderá de todos los ataques. Hoy, muchos hermanos siguen sufriendo persecución y martirio por causa de su fe y coherencia de vida conforme al Evangelio. 

En forma paradójica, el Espíritu sigue suscitando mártires, como testigos idóneos de Jesús. La defensa del Espíritu no consiste en que no se den el martirio y la persecución. La acción del Espíritu radica en comunicar luz y fuerza para ser fieles hasta el final. Haz memoria de algunos mártires del pasado o presente que han dado la vida por su compromiso con el Evangelio, y da gracias a Dios por su testimonio.

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No cerrar el Horizonte.

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ABRIR EL HORIZONTE

 

Ocupados solo en el logro inmediato de un mayor bienestar y atraídos por pequeñas aspiraciones y esperanzas, corremos el riesgo de empobrecer el horizonte de nuestra existencia perdiendo el anhelo de eternidad. ¿Es un progreso? ¿Es un error?

 

Hay dos hechos que no es difícil comprobar en este nuevo milenio en el que vivimos desde hace unos años. Por una parte está creciendo en la comunidad humana la expectativa y el deseo de un mundo mejor. No nos contentamos con cualquier cosa: necesitamos progresar hacia un mundo más digno, más humano y dichoso.

 

Por otra está creciendo al mismo tiempo el desencanto, el escepticismo y la incertidumbre ante el futuro. Hay tanto sufrimiento absurdo en la vida de las personas y de los pueblos, tantos conflictos envenenados, tales abusos contra el planeta, que no es fácil mantener la fe en el ser humano.

 

Es cierto que el desarrollo de la ciencia y la tecnología están logrando resolver muchos males y sufrimientos. En el futuro se lograrán, sin duda, éxitos todavía más espectaculares. Aún no somos capaces de intuir la capacidad que se encierra en el ser humano para desarrollar un bienestar físico, psíquico y social.

 

Pero no sería honesto olvidar que este desarrollo prodigioso nos va «salvando» solo de algunos males y solo de manera limitada. Ahora precisamente que disfrutamos cada vez más del progreso humano empezamos a percibir mejor que el ser humano no puede darse a sí mismo todo lo que anhela y busca.

 

¿Quién nos salvará del envejecimiento, de la muerte inevitable o del poder extraño del mal? No nos ha de sorprender que muchos comiencen a sentir la necesidad de algo que no es ni técnica ni ciencia, tampoco ideología o doctrina religiosa. El ser humano se resiste a vivir encerrado para siempre en esta condición caduca y mortal. Busca un horizonte, necesita una esperanza más definitiva.

 

No pocos cristianos viven hoy mirando exclusivamente a la tierra. Al parecer no nos atrevemos a levantar la mirada más allá de lo inmediato de cada día. En esta fiesta cristiana de la Ascensión del Señor quiero recordar unas palabras de aquel gran científico y místico que fue P. Teilhard de Chardin: «Cristianos a solo veinte siglos de la Ascensión. ¿Qué habéis hecho de la esperanza cristiana?».

 

En medio de interrogantes e incertidumbres, los seguidores de Jesús seguimos caminando por la vida trabajados por una confianza y una convicción. Cuando parece que la vida se cierra o se extingue, Dios permanece. El misterio último de la realidad es un misterio de amor salvador. Dios es una puerta abierta a la vida eterna. Nadie la puede cerrar.

 

Sacerdote José Antonio Pagola

Parroquia de San Vicente Martir de Abando

Bilbao - España