jueves, 11 de mayo de 2017

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La polarización y la cuestión caribe + Radiografía de la violencia en Venezuela + Venezuela en la hora de los hornos

La polarización y la cuestión caribe

 

| Foto: AVN

Publicado 9 mayo 2017

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La indignación selectiva, esa que nos hace lamentar la muerte de unos seres humanos e ignorar la de otros, es una expresión clara y terrible de los niveles de degradación que puede alcanzar el conflicto político, que es lo que ocurre inevitablemente, por cierto, cuando el conflicto no se dirime democráticamente. P

El texto que publico a continuación es el que abre la primera parte del libro "El chavismo salvaje", intitulado "¿Qué es la polarización?". He considerado necesario agregarle una breve introducción, en la que hago un ejercicio muy conciso de actualización. Las circunstancias lo exigen.

 

 

Puesto que las de hoy son circunstancias muy similares a las de 2002, año del golpe de Estado contra Hugo Chávez. El mismo odio, el mismo miedo, el mismo espíritu de venganza. Los mismos crímenes atribuidos automáticamente al chavismo, no importando si luego las investigaciones arrojan conclusiones que lo desmienten. Las mismas brutales golpizas a personas por el simple hecho de "parecer" chavistas. El mismo furor antipolítico, el mismo envilecimiento de una minoría muy violenta, rechazada por la mayoría de la población venezolana, incluyendo la mayor parte de la base social del antichavismo.

 

 

La misma impostura sobre la polarización entendida como enfrentamiento irracional de dos fuerzas equivalentes, con la salvedad de que ya no se trataría exactamente de dos fuerzas: del lado del chavismo apenas persistiría un Gobierno muy débil que ha "traicionado el legado" de Chávez, razón por la cual, de acuerdo a lo que plantean los análisis más condescendientes, solo faltaría resolver el misterio de cómo es que todavía una pequeña parte del pueblo y, más curioso, del movimiento popular, le sigue apoyando.

 

Los ejemplos sobran, pero con fines estrictamente ilustrativos podrían citarse tres de ellos: Eleonora Cróquer Pedrón se refiere al "gobierno caótico y delincuencial de Maduro" (1), y describe así la situación política en Venezuela: "por un lado, los excesos de un 'gobierno' espectral, mercenario y totalitario; y, por el otro, los despropósitos e inconsistencias de una 'oposición' negadora y debilitada por el logos nostálgico y profundamente autoritario que la rige" (2).

 

 

Es también el caso de Emiliano Terán Montavani, para quien "el horizonte compartido de los dos bloques partidarios de poder es neoliberal" (3) o el caso de Keymer Ávila, quien, a propósito de la convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente hecha por el presidente Maduro, ha escrito: "Si este proceso lo ganan (sic) cualquiera de los dos polos aparentemente antagónicos perderemos todos, la Constitución hay que protegerla de ambos bandos" (4).

 

 

Con sus honrosas excepciones, y con notables desniveles en cuanto a rigurosidad analítica, quienes reproducen las diversas variantes de este discurso de la polarización incurren en los mismos errores o despropósitos de hace quince años: en su afán por marcar distancia del conflicto político, terminan suscribiendo las posiciones del antichavismo, incluso del más antidemocrático, o asumiendo posturas que le son completamente funcionales.

 

 

Se ha dicho demasiadas veces que hay hechos históricos trágicos que se repiten como farsa. En el caso del manido discurso de la polarización, habría que decir que hay errores que son aún más trágicos cuando se repiten.

 

Es el tipo de error que se comete, por ejemplo, cuando no se distingue entre la "política boba", que enfrenta a las líneas de fuerza más conservadoras y autoritarias del chavismo con lo más ruin del antichavismo (5), y el conflicto histórico en desarrollo actualmente en la sociedad venezolana, que enfrenta dos proyectos políticos antagónicos.

 

Incluso a quienes hemos combatido desde siempre a los policías del pensamiento y la política entendida como ejercicio paranoico, nos resulta sospechosa la total ligereza con la que son tratados asuntos tan decisivos como la guerra económica contra la población venezolana y su relación directa con los esfuerzos imperiales por retomar el control total de nuestros recursos (en este punto, Terán Mantovani es una excepción). No vale excusarse, a estas alturas, en las deficiencias de la vocería oficial y su propensión a reducir la interpretación de la realidad a mera propaganda. Cuestiónese la propaganda, pero no se incurra en el mismo error de anular la realidad.

 

 

Algo muy similar cabe decir a propósito de quienes, como nos corresponde a todos y todas, repudian las violaciones de derechos humanos, algunas de ellas graves, que se producen cuando el Gobierno nacional actúa para mantener, controlar o restablecer el orden público, pero guardan un silencio casi sepulcral frente al ataque sistemático de centros de salud públicos, unidades educativas públicas, unidades e instalaciones de transporte públicos, centros de distribución de alimentos públicos, sedes u oficinas de instituciones públicas, actos de sabotaje del servicio eléctrico y, lo peor, el asesinato de personas que no estaban manifestando en contra del Gobierno nacional; actos criminales que, dicho sea de paso, son perpetrados muchas veces con la complicidad de autoridades regionales o locales opositoras al Gobierno nacional, incluyendo los cuerpos policiales bajo su responsabilidad. ¿O es que, cuando de derechos se trata, unos son más humanos que otros?

 

La indignación selectiva, esa que nos hace lamentar la muerte de unos seres humanos e ignorar la de otros, es una expresión clara y terrible de los niveles de degradación que puede alcanzar el conflicto político, que es lo que ocurre inevitablemente, por cierto, cuando el conflicto no se dirime democráticamente.

 

 

Pero peor aún es pretender que, en nombre del rechazo a la indignación selectiva, se puede silenciar el hecho de que durante las mal llamadas "guarimbas" de febrero a junio de 2014, treinta y seis personas murieron como consecuencia de acciones de los "guarimberos" y siete a manos de efectivos policiales o efectivos militares (6). ¿Cómo guardar silencio frente al hecho de que este patrón se está repitiendo en 2017, con el agravante de que, en tan solo un mes, la cantidad de víctimas mortales casi alcanza a la de 2014? (7). Es cierto: las víctimas mortales caen "de lado y lado". Pero hay que tener muy poco coraje para no reconocer que esto ni siquiera está cerca de ocurrir proporcionalmente.

 

 

Tratar tan ligeramente asuntos tan decisivos o permanecer callados frente a hechos tan graves solo puede ser funcional a las fuerzas políticas más retrógradas: esas que celebran por adelantado la supuesta inminente restauración de la democracia, cuando lo que están es cerca de aniquilarla; las mismas que intentan crear un clima de crispación tal, que resulte absolutamente natural hablar de "matar chavistas" como si de matar moscas se tratara; las mismas que están haciendo todo lo posible porque haya un baño de sangre en Venezuela; las mismas que, sin vergüenza alguna, hacen bandera política de personas presuntamente asesinadas por partidarios del antichavismo (8). 

 

 

Porque una cosa es la obligación que tiene el chavismo de asumir la responsabilidad que le corresponde y otra muy distinta es acusarle de ser el "culpable" de cuanto ocurre en Venezuela. En 2002, cuando al menos resultaba novedosa, esta postura era ya sencillamente inaceptable: era la "sociedad civil" atribulada por la "tragedia" que significaba la presencia intolerable de la barbarie chavista. En 2017 la "tragedia" es de mayores proporciones: es todo el "pueblo" levantado contra la "dictadura", un Gobierno que desconoce la voluntad popular, neoliberal, totalitario, criminal, etc. De aquel fuego revolucionario, de aquel pueblo politizado, solo quedarían las cenizas, y un país en ruinas.

 

 

Antes de terminar con esta introducción, quisiera traer a colación una entrevista a William Ospina publicada en El Espectador el 12 de enero de 2013 (9), en la que el escritor era interpelado en términos más bien severos por el contenido de un artículo de su autoría, publicado exactamente una semana antes en el mismo periódico, e intitulado "A las puertas de la mitología" (10).

El artículo en cuestión, en el que Ospina realizaba una elocuente defensa de Hugo Chávez ("Yo creo que ha sido un gran hombre, que ha amado a su pueblo, y que ha intentado abrir camino a un poco de justicia en un continente escandalosamente injusto"), iniciaba con la siguiente anécdota:

 

 

"Alguna vez le pregunté a García Márquez si no había sido muy difícil ese momento en que buena parte de la intelectualidad latinoamericana rompió con la Revolución cubana, y sólo él y unos pocos siguieron siendo sus amigos. Gabo no respondió con una teoría sino con algo más visceral: 'Para mí, dijo, lo de Cuba fue siempre una cuestión caribe'. A mi parecer, ello quería decir que no se trataba de marxismo o teorías revolucionarias sino de la lucha de un pueblo por su soberanía y su cultura frente al asedio de unos poderes invasores" (11).

 

 

Volviendo a la entrevista, en algún punto del careo con la periodista, Ospina dejó colar la siguiente frase: "Venezuela es el único país de América Latina en donde los pobres están contentos y los ricos están molestos. Eso debería significar algo" (12).

 

Poco más de cuatro años después, muchos pobres están molestos y muchos ricos están contentos. Eso debería significar algo.

Pero además, para entender lo que acontece a Venezuela hay que preguntarse: ¿quiénes desean la guerra y los sepulcros, y quiénes la paz y la justicia?

 

Lo de Venezuela fue con Hugo Chávez y sigue siendo con Nicolás Maduro una cuestión caribe. No importa cuántos rompan con nosotros, y si nos quedamos con pocos amigos. 

 

¿Qué es la polarización? (13)

Recuerdo ese balcón en Sabana Grande, casi sobre la Casanova, la noche del viernes 6 de        diciembre de 2002. Los alaridos de horror, la sorpresa, el estupor: todo podía percibirse con una nitidez paralizante. Al cabo de pocos segundos, la explosión de cólera, bramidos aislados e imprecaciones que fueron convirtiéndose en un coro que pedía venganza. Un desquiciado acababa de abrir fuego contra el antichavismo congregado en la Plaza Francia. La noche apenas comenzaba.

 

 

Me tocó lanzarme a la calle, rumbo a Plaza Venezuela, donde agarraría el autobús hacia San Antonio de Los Altos. Tal vez fueron los minutos más largos de mi vida. Lo que sí es seguro es que nunca como entonces alcancé a sentir algo parecido a aquel odio que circulaba a corrientazos, como latigazos en la nuca, como el mar embravecido golpeando con todas sus fuerzas las paredes de un malecón.

 

 

El aire pesado, a punto de desplomarse y aplastarnos a todos, era sostenido a duras penas por el chillido de algún carro, el taconeo nervioso, el rumor colectivo. Odio, mucho odio. Y miedo. En las inmediaciones de la Plaza Francia, un buhonero con apariencia de chavista había sido golpeado salvajemente.

 

 

El recorrido a casa, que en condiciones ideales puede completarse en menos de treinta minutos, me tomó cuatro o cinco horas interminables. Barricadas en la Panamericana, alimentadas por árboles que eran talados con motosierras por tipos musculosos que vestían a la última moda. Puñetazos y patadas contra los carros de quienes se atrevían a reclamar, por más tímidamente que fuera, contra aquellos métodos de protesta. Gente en las calles, desaforada.

 

 

Escaramuzas. Noticias de intentos de agresión física contra personas de pública filiación chavista. San Antonio es como una gran urbanización del este de Caracas: furibunda y militante. Aquel día, una parte de la sociedad venezolana, minoritaria pero muy beligerante, acusó automáticamente a su contraparte política de ser la responsable de un abominable crimen en el que, sin embargo, no tuvo participación alguna. Sin pruebas, por supuesto. Sin enmienda posterior. Lo hizo antes y lo continuó haciendo después.

 

Esta falta, más bien este exceso, el conjunto de circunstancias que eximían al antichavismo de reconocer la dignidad e incluso la humanidad de su oponente, era consecuencia de la polarización.

 

 

Pero la polarización es una añagaza. El vocablo suele remitir a crispación, predominio de las emociones sobre la razón, intolerancia, invasión de la política en todas las esferas de la vida, etc. Añagazas todas.

 

Trampas de la retórica para cazar incautos o desprevenidos, incluso para movilizar voluntades. Un engaño. En la Venezuela en tiempos de chavismo, el uso del término tiene su origen en una enorme impostura. A grandes rasgos, ésta consiste en aparentar distancia frente al conflicto político, en ubicarse más allá de las dos grandes líneas de fuerzas enfrentadas, para tomar partido por una de ellas, de manera subrepticia.

 

 

No en balde, el discurso de la polarización cobró mayor auge justo a partir de 2002, cuando el Gobierno de Chávez estuvo más asediado, y cuando el chavismo fue más vilipendiado, estigmatizado, criminalizado, demonizado. En tal contexto, la noción de polarización traducía el enfrentamiento irracional, fuera de todo cause democrático, lejos de todo respeto por las formas civilizadas de la política, entre dos fuerzas equivalentes, en cuanto a métodos y propósitos: la aniquilación del adversario mediante el insulto, la provocación o la descalificación, primero, y luego mediante la violencia fratricida.

 

En otras palabras, se trata de un discurso que, pretendiéndose como el único autorizado para dibujar un mapa realmente fiel de la conflictividad política, hacía exactamente lo contrario: borronearlo, salvando la responsabilidad histórica de una minoría dispuesta literalmente a todo con tal de desconocer la voluntad mayoritaria del pueblo venezolano, y caricaturizando grotescamente al chavismo, en lugar de hacer un mínimo esfuerzo por retratarlo con justicia.

 

 

Además de tamaña impostura, más bien predominante en predios académicos, todavía preocupados por aparentar "objetividad", tal discurso encierra una gran paradoja, sobre todo cuando se despliega a través de un periodismo que demasiado pronto se liberó de ataduras éticas: la figura de Chávez es a la vez demonizada y endiosada. Chávez sería responsable, antes que cualquier otra cosa, de estimular el "odio social", "dividiendo" al país en ricos y pobres, oligarcas y bolivarianos (de allí provendría, fundamentalmente, su capital político). Luego, sería el líder mesiánico, vista su extraordinaria habilidad para la manipulación de las masas resentidas y postergadas.

 

Sin embargo, puesto todo el empeño en facilitar el avance de la cruzada moral que él mismo anuncia, concentrado en la distribución de culpas, este discurso supone lo que hay que explicar: cómo se constituye el sujeto chavista. Esta polarización que atizaría Chávez con su "lenguaje violento" sólo es posible haciendo desaparecer al chavismo, es decir, reduciéndolo a una masa manipulable, maleable, pasiva, rabiosa, irracional, que poco o nada juega en esta historia.

 

Así, Chávez es convertido por sus más acérrimos enemigos en un demiurgo que vendría a ordenar lo informe (las masas) para volver a promover el caos. En otras palabras, y para colmo de ironías, en nombre de la polarización, el antichavismo hace aquello de lo que acusa a Chávez: le niega al chavismo su condición de sujeto político, porque de alguna forma hay que explicar el origen de esa fuerza sobrenatural (léase apoyo popular), que exhibe la deidad maligna.

 

 

Al menos en su versión más difundida, el discurso de la polarización es hagiografía pura y dura. Pero en este caso, no para justificar a los monarcas, como diría Wallerstein, o como una práctica estimulada por las élites que controlan a su antojo las estructuras de poder, sino para suscitar al sujeto encargado de superar la situación de polarización y poner las cosas en su sitio: la "sociedad civil". Una suerte de hagiografía a la inversa que legitima la lucha contra el "absolutismo" de Chávez.

 

La "sociedad civil" no sólo es anverso, en tanto que encarna los intereses de las élites que comienzan a ser desplazadas, sino también el reverso del sujeto "pueblo" chavista que, no obstante, permanece invisibilizado, reducido, oculto. Incapacitado, o más bien indispuesto para reconocer lo que pudiera haber de singularidad en el chavismo, concluye invariablemente que Chávez es una reedición del pasado secular, más de lo mismo, el caudillo que siempre vuelve (junto a su montonera) para recordarnos cuánto de barbarie sigue habiendo entre nosotros.

 

 

Si Gramsci hablaba de pesimismo de la inteligencia, nuestros hagiógrafos personifican la inteligencia desencantada: la realidad nunca está a la altura de sus expectativas. Actúan como los "historicistas" que retrataba Benjamin, que andan "en el pasado como en un desván de trastos, hurgando entre ejemplos y analogías". Chávez es inscrito en la regularidad de los caudillos que van y vienen, mientras la decepción crece, porque el presente es siempre una promesa incumplida.

 

Pero si este discurso se conforma con una "imagen 'eterna' del pasado", para seguir con Benjamin, nos corresponde levantar "una experiencia única del mismo, que se mantiene en su singularidad". Mientras dejamos "que los otros se agoten con la puta del 'hubo una vez', en el burdel del historicismo", nosotros permanecemos dueños de nuestras fuerzas: lo suficientemente hombres "como para hacer saltar el continuum de la historia".

 

 

Corregir la falta de carácter que supone este discurso de la polarización como hagiografía, que atenaza y deshumaniza la figura de Chávez (endiosándolo y demonizándolo al mismo tiempo) y relega al chavismo al ostracismo, expulsándolo del "paraíso terrenal" de la política, implica de hecho desacralizar la política venezolana: la manera como se cuenta su historia, la forma como es concebida y practicada.

 

Desacralizar significa aquí reconocer el conflicto como fundamento de la política y no marcar distancia frente a él en razón de una pretendida superioridad moral ni borronearlo en nombre de la "objetividad" científica o periodística. Justamente porque ambas imposturas se fundan en una condena moral del conflicto ("empatía con el vencedor", lo llamaba Benjamin), el sujeto de la lucha desaparece de la escena, o solo aparece como muñeco de ventrílocuo. Esto es lo que significa el chavismo: es el sujeto de la lucha.

 

Desacralizar significa por tanto hacer visible a este sujeto, rescatarlo de la oscuridad, lo que por cierto no equivale a retratarlo como el ángel que ha venido a redimirnos o como el profeta en la cruz dispuesto a expiar nuestros pecados. Al contrario, quiere decir retratar al chavismo en toda su profanidad, con sus grandezas y sus miserias. Desacralizar significa también humanizar la figura de Chávez, lo que implica, al menos para el campo popular y revolucionario, aproximarse sin complejos al esquivo asunto del liderazgo.

 

 

Se dice, por ejemplo, que el gran problema del chavismo, su principal debilidad, la causa de su fracaso inevitable, es que está aprisionado en la figura de Chávez, que es incapaz de superar ese límite. Una posición tal presupone, obviamente, que el chavismo sólo puede relacionarse con su líder desde una posición subordinada, expresada en el apoyo ciego y la incondicionalidad. Prácticamente no existe diferencia entre esta posición y la asumida desde el comienzo por el antichavismo más rancio.

 

De hecho, puede decirse que no es más que su variante "progre". Una vez más, lo que permanece oculto es el chavismo como sujeto de la lucha, el hecho de que su propia constitución como sujeto político no hubiera sido posible sin beligerancia, sin conflicto, sin interpelación. Chávez ha prestado su apellido y su liderazgo, pero su liderazgo no es nada sin el chavismo. Son dos procesos simultáneos y dependientes uno del otro: subjetivación política del chavismo e irrupción del Chávez líder.

 

 

Una vez desacralizada, podemos hablar de la polarización como el resultado de una interpelación mutua y permanente entre Chávez y el pueblo chavista. La consecuencia es un nuevo universo político: durante largo tiempo reducido a la nada, invisibilizado, silenciado, marginado, el pueblo irrumpe en la escena política para trastocarlo todo. El chavismo encandila: con él se hacen escandalosamente visibles las contradicciones de clase y casta, las injusticias de todo tipo. Una política aletargada y estancada se ve arrollada por un sujeto que agita y se moviliza, demanda y antagoniza.

 

 

En abierta oposición a la razón desencantada de nuestros hagiógrafos, el chavismo encarna la razón estratégica, como la concebiría Daniel Bensaïd. Con el chavismo, la sociedad venezolana se repolitiza, se reconoce en la actualidad del conflicto, dejando atrás la mojigatería de las formas "civilizadas" de la política, que relegaban al pueblo, en el mejor de los casos, al patético papel de actor de reparto.

 

 

Con el chavismo cambió la historia de la política. Por eso, en previsión de las falsificaciones al uso, vale todo el esfuerzo que se haga para contar, tantas veces como sea posible, la historia de cómo es que cuando decidimos luchar, ya nunca más fuimos los mismos. Fuimos mejores. Lo que seguimos siendo, pese a todo.

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Radiografía de la violencia en Venezuela

Por: Marco Teruggi 

| Foto: Reuters

Publicado 9 mayo 2017

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Los autores de los crímenes -por fuera de los 4 de la policía y 8 electrocutados durante un saqueo- pueden ser parte de los grupos de choque, o personas solitarias que producto de un llamado al odio, la violencia y la venganza contra el chavismo, pasan a operar por cuenta propia. 

 

La estrategia de callejera de la derecha tiene tres niveles. El primero es el de la movilización, con diputados en primeras líneas, banderas de Venezuela, inventos como el hombre desnudo sobre la tanqueta, personas en ejercicio de su "derecho a la protesta". El objetivo es mostrar masividad, construir la idea de "un pueblo contra el régimen". Ocurre generalmente entre las 11 am y las 3 pm. 

 

¿Cuántos son en realidad? Apogeos de unos quince mil, descensos a pocos miles, según las fechas y el desgaste. Para saberlo hay que mirar las imágenes que suben a las redes: si predominan rostros y planos cerrados, entonces fueron pocos, si abren el ángulo de las cámaras sobre la movilización, al tiempo que lo cierran -con una curva que no permite ver más allá, por ejemplo- entonces rondan sus quince mil. También se puede ir al terreno para ver, con los riesgos que eso implica: varias personas sospechadas de ser chavistas fueron golpeadas y linchadas.


 
El segundo nivel es el de la confrontación, presentada como represión. Ahí actúan los grupos de choque: encapuchados, con escudos -como escenas de películas de la edad media- bombas molotov, cables de acero cruzados de lado a lado de la calle, aceite quemado en el piso, armas caseras y pistolas. Actúan organizados en células, son generalmente muy jóvenes, con preparación, financiamiento, y a la vez improvisación. 

 

 

La activación de esta fase callejera ocurre cuando la movilización se encuentra con los cordones de policía que impiden el paso al centro político de Caracas, por lo general cerca de las 2pm. Se superpone, en el inicio con los momentos de mayor concurrencia, donde algunos diputados todavía presentes denuncian asfixia por los gases lacrimógenos. Cuando la movilización se desarma, estos grupos quedan concentrados en un punto central -como en la autopista Francisco Fajardo, en Caracas- o dispersos en varios puntos de la ciudad y el país, según cómo haya sido planteada la convocatoria del día. 

 

Esos dos primeros niveles son los que se transforman en noticias, imágenes, relatos para las redes sociales y los grandes medios de comunicación del mundo que construyen día tras día la matriz de opinión contra Venezuela. La movilización es inflada en su cantidad –"multitudes", "el pueblo", etc.- y los grupos de choques, aun cuando su violencia es evidente, son presentados como jóvenes que son "reprimidos brutalmente por la dictadura de Maduro". 

 

 

El tercer nivel de la estrategia callejera es el de las sombras, el que debe ser estudiado con mayor detenimiento. Opera a veces interior del primero, aunque casi siempre empieza a partir el segundo, y toma toda su fuerza, por lo general, al finalizar la tarde o directamente en la noche. Cuando sucede al interior del primero y/o segundo nivel se traduce centralmente en destrozos de infraestructura e instituciones públicas, y en heridos y muertos, que pueden ser policías, integrantes de los grupos de choque, o personas que pasaban cerca de la zona del conflicto. 

 

La derecha acusa automáticamente al gobierno de ser responsable de los hechos, tanto de los destrozos como de las muertes: ahí entra el argumento de los "colectivos". Las investigaciones arrojan conclusiones muy distintas a esas versiones: de los 39 fallecidos desde el 6 de abril, solo 4 fueron a manos de cuerpos de seguridad -para lo cual hay 18 efectivos detenidos o solicitados- y los demás fueron producto de saqueos (13), disparos por civiles (4), barricadas (6), objetos contundentes (1), todavía por definir (11).

 

 

Estos 11 casos, según las investigaciones en curso, habrían sido, en su mayoría, asesinados desde dentro de las mismas movilizaciones. Tales fueron, por ejemplo, los casos de Armando Cañizales "que falleció producto de un disparo por arma de fuego, pero se le extrajo una esfera metálica cromada de 8mm de diámetro", y de Juan Pablo Pernalete, que habría sido asesinado por una pistola de perno cautivo disparada a quemarropa por dos encapuchados -como indica la autopsia y el video. 

 

 

Los autores de los crímenes -por fuera de los 4 de la policía y 8 electrocutados durante un saqueo- pueden ser parte de los grupos de choque, o personas solitarias que producto de un llamado al odio, la violencia y la venganza contra el chavismo, pasan a operar por cuenta propia. Tal es el caso de quien lanzó una botella de agua congelada desde su casa sobre un grupo chavista, y mató a una persona que pasaba por ahí.  

 

 

Es el tercer nivel entonces. Su peligro está en el anonimato. Se despliega con fuerza cuando las movilizaciones están dispersas y las matrices de comunicación ya construidas. El último caso paradigmático tuvo lugar la semana pasada en el estado Carabobo.

 

Ahí se registraron destrozos a locales, instituciones públicas, gandolas, barricadas, el centro y varias zonas fueron tomadas por grupos de choque que llegaron a correr el rumor de que iban a asaltar las viviendas de los chavistas. El resultado fue 5 muertos, negocios cerrados, cenizas, calles desoladas, un odio/miedo/rencor/pánico dentro de la población. 

 

 

En ese caso se trató de un despliegue de violencia en más de once puntos en simultáneo, que no solamente fue en zonas de clases medias-altas, como suele suceder por ser territorios opositores y gobernados por la derecha, sino que ingresó a las zonas populares de Valencia donde, justamente, se encuentra mayoritariamente el chavismo. Lo mismo había ocurrido en El Valle, zona popular de Caracas, días atrás -con un saldo de 11 muertos, entre los cuales los electrocutados- y antes en Barquisimeto, en la Ciudad Socialista Alí Primera, donde fue asesinado un niño de 14 años.  

 

 

Esa es una de las modalidades del tercer nivel. Otra es el ataque sobre la población que sucede, por ejemplo, en zonas de frontera como Táchira. Ahí circulan mensajes por watsap o volante como este: "Mototaxis, taxistas, autobús, busetas, que a partir de este comunicado labore, se atendrá a las consecuencias.

 

 

Negocio que abra le lanzamos granadas, mototaxi que trabaje se va a desaparecer, los buses y busetas que veamos trabajando se van a quemar con todo y pasajeros. Queremos al pueblo en la calle apoyando a los jóvenes que la están guerreando y luchando por un país libre. Atte." Hasta la fecha más de 7 autobuses fueron quemados. Es un intento de instalar un control de territorio en manos de grupos armados -que cuando aparecen públicamente son presentados como manifestantes pacíficos.

 

 

Otra forma más del tercer nivel es el asesinato selectivo a chavistas que no ha cesado. El último caso tuvo lugar en Anzoátegui la semana pasada, donde dos dirigentes estudiantiles fueron asesinados al finalizar una asamblea: se escucharon, dijo el periódico local, unos 23 disparos. ¿Cuántos cuadros medios del chavismo han sido ultimados hasta la fecha? Todavía no existe un número certero.   

 

 

La construcción mediática sobre Venezuela está conformada por el primero y el segundo nivel, presentados de manera falsa. El resultado es eficaz: gran parte del continente piensa que existe un "gobierno autoritario o dictadura que reprime a un pueblo". Una idea que permeó en el sentido de común de muchos, incluso de sectores de la intelectualidad que se reivindican de izquierda. Es la operación de superficie, de masas.

 

 

El tercer nivel, subterráneo, alejado de las cámaras, es el que intenta llevar al país al punto del enfrentamiento civil. ¿Hasta dónde quieren y pueden llevar este nivel? En esa respuesta, su concreción o no, se juega, entre factores, la posibilidad de que el escenario se agudice hasta el punto de no-retorno, o que se retorne a la vía democrática a través del llamado a la Asamblea Nacional Constituyente realizado por Nicolás Maduro.

 

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Venezuela en la hora de los hornos

 

por Atilio A. Boron (Argentina)

 

La dialéctica de la revolución y el enfrentamiento de clases que la impulsa aproxima la crisis venezolana a su inexorable desenlace. Las alternativas son dos y sólo dos: consolidación y avance de la revolución o derrota de la revolución.  La brutal ofensiva de la oposición -criminal por sus métodos y sus propósitos antidemocráticos- encuentra en los gobiernos conservadores de la región y en desprestigiados ex gobernantes figurones que inflan su pecho en defensa de la "oposición democrática" en Venezuela y exigen al gobierno de Maduro la inmediata liberación de los "presos políticos".

 

La canalla mediática y "la embajada" hacen lo suyo y multiplican por mil estas mentiras. Los criminales que incendian un hospital de niños forman parte de esa supuesta legión de demócratas que luchan para deponer la "tiranía" de Maduro. También lo son los terroristas -¿se los puede llamar de otro modo?- que incendian, destruyen, saquean, agreden y matan con total impunidad (protegidos por las policías de las 19 alcaldías opositoras, de las 335 que hay en el país).

 

Si la policía bolivariana -que no lleva armas de fuego desde los tiempos de Chávez- los captura se produce una pasmosa mutación: la derecha y sus medios convierten a esos delincuentes comunes en "presos políticos" y "combatientes por la libertad",  como los que en El Salvador asesinaron a Monseñor  Oscar Arnulfo Romero y a los jesuitas de la UCA; o como los "contras" que asolaron la Nicaragua sandinista financiados por la operación "Irán-Contras" planeada y ejecutada desde  la Casa Blanca.

 

Resumiendo: lo que está sucediendo hoy en Venezuela es que la contrarrevolución trata de tomar las calles –y lo ha logrado en varios puntos del país- y producir, junto con el desabastecimiento programado y la guerra económica el caos social que remate en una coyuntura de disolución nacional y desencadene el desplome de la revolución bolivariana.  Reflexionando sobre el curso de la revolución de 1848 en Francia Marx escribió unas líneas que, con ciertos recaudos, bien podrían aplicarse a la Venezuela actual.

 

En su célebre El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte,  describía la situación en París diciendo que "en medio de esta confusión indecible y estrepitosa de fusión, revisión, prórroga de poderes, Constitución, conspiración, coalición, emigración, usurpación y revolución. el burgués, jadeante, gritase como loco a su república parlamentaria: «¡Antes un final terrible que un terror sin fin!»"  Sería imprudente no tomar estas palabras muy seriamente, porque eso es precisamente lo que el imperio y sus secuaces tratan de hacer en Venezuela: lograr la aceptación popular de "un final terrible" que ponga término a "un terror sin fin."

 

 A tal efecto Washington aplica la misma receta administrada en tantos países: organizar la oposición y convertirla en la semilla de la contrarrevolución,  ofrecerle financiamiento, cobertura mediática y diplomática, armas;  inventar sus líderes, fijar la agenda y reclutar a mercenarios y malvivientes de la peor calaña que hagan la tarea sucia de "calentar la calle" matando, destruyendo, incendiando, saqueando,  mientras sus principales dirigentes se fotografían con presidentes, ministros, el Secretario General de la OEA y demás agentes del imperio.

 

Esto mismo hicieron hace unos años con gran éxito en Libia, en donde Washington y sus compinches inventaron los "combatientes por la libertad" en Benghasi. La prensa hegemónica difundió esa falsa noticia a los cuatro vientos y la OTAN hizo lo que hacía falta. El resultado final: destrucción de Libia bombardeada a mansalva durante meses, caída y linchamiento de Gadafi, entre las risotadas de una hiena llamada Hillary Clinton.  En Venezuela están aplicando el mismo plan, con bandas armadas que destruyen y matan lo que sea ante una policía poco menos que indefensa.

 

            Por comparación, la ofensiva imperial lanzada contra Salvador Allende en los años setentas fue un juego de niños al lado de la inaudita ferocidad del ataque sobre Venezuela. No hubo en Chile una oposición que contratara bandas criminales para ir por los barrios populares disparando a mansalva para aterrorizar a la población;  tampoco un gobierno de un país vecino que apañara el contrabando y el paramilitarismo, y una prensa tan canalla y efectiva como la actual, que hizo de la mentira su religión.

 

Días pasados publicaron la foto de un joven vestido con uniforme de combate y arrojando una bomba molotov sobre un carro de policía y en el epígrafe se habla ¡de la "represión" de las fuerzas de seguridad chavistas cuando eran éstas las que eran reprimidas por los revoltosos!  Esa prensa proclama indignada que la represión cobró la vida de más de treinta personas pero oculta aviesamente que la mayoría de los muertos son chavistas y que por lo menos cinco de ellos policías bolivarianos ultimados por los "combatientes por la libertad."

 

Los incendios, saqueos y asesinatos, la incitación y la comisión de actos sediciosos son publicitados como la comprensible exaltación de un pueblo sometido a una monstruosa dictadura que, curiosamente, deja que sus opositores entren y salgan del país a voluntad, visiten a gobiernos amigos o a instituciones putrefactas como la OEA para requerir que su país sea invadido por tropas enemigas, hagan periódicas declaraciones a la prensa, convaliden la violencia desatada, se reúnan en una farsa de Asamblea Nacional, dispongan de un fenomenal aparato mediático que miente como jamás antes, vayan a terceros países a apoyar a candidatos de extrema derecha en elecciones presidenciales sin que ninguno sea molestado por las autoridades.

 

¡Curiosa dictadura la de Maduro! Todas estas protestas y sus instigadores están encaminadas a un solo fin: garantizar el triunfo de la contrarrevolución y restaurar el viejo orden pre-chavista mediante un caos científicamente programado por gentes como Eugene Sharp y otros consultores de la CIA que han escrito varios manuales de instrucción sobre como desestabilizar gobiernos.[1]

 

El modelo de transición que anhela la contrarrevolución venezolana no es el "Pacto de la Moncloa" ni ningún pacífico arreglo institucional sino la aplicación a rajatabla del modelo libio. Y, por supuesto, no tienen la menor intención de dialogar, por más concesiones que se les haga. Pidieron una Constituyente y cuando se la otorgan acusan a Maduro de fraguar un autogolpe de estado. Violan la legalidad institucional y la prensa del imperio los exalta como si fueran la quintaesencia de la democracia.

 

No parece que la rehabilitación de Henrique Capriles o inclusive la liberación de Leopoldo López podrían hacer que un sector de la oposición admitiera sentarse en una mesa de diálogo político para salir de la crisis por una vía pacífica porque la voz de mando la tiene el sector insurreccional. La derecha y el imperio huelen sangre y van por más, y medidas apaciguadoras como esas los envalentonaría aún más aunque admito que mi análisis podría estar equivocado.

 

Desde afuera, gentuzas como Luis Almagro que emergen cubiertos de estiércol desde las cloacas del imperio orquestan una campaña internacional contra el gobierno bolivariano. Y países que jamás tuvieron una constitución democrática y surgida de una consulta popular en toda su historia, como Chile, tienen la osadía de pretender dar lecciones de democracia a Venezuela, que tiene una de las mejores constituciones del mundo y, además, aprobadas por un referendo popular.

 

Maduro ofreció nada menos que convocar a una Constituyente para evitar una guerra civil y la desintegración nacional. Si la oposición confirmara en los próximos días su rechazo a ese gesto patriótico y democrático el único camino que le quedará  abierto al gobierno será dejar de lado la excesiva e imprudente tolerancia tenida con los agentes de la contrarrevolución  y descargar sobre ellos todo el rigor de la ley, sin concesión alguna.

 

La oposición no violenta será respetada en tanto y en cuanto opere dentro de las reglas del juego democrático y los marcos establecidos por la Constitución; la otra, el ala insurreccional de la oposición, deberá ser reprimida sin demora y sin clemencia. El gobierno bolivariano tuvo una paciencia infinita ante los sediciosos, que en Estados Unidos estarían presos desde el 2014 y algunos, Leopoldo López, por ejemplo, condenado a cadena perpetua o a la pena capital.

 

Su mayor pecado fue haber sido demasiado tolerante y generoso con quienes sólo quieren la victoria de la contrarrevolución a cualquier precio. Pero ese tiempo ya se acabó. La inexorable dialéctica de la revolución establece, con la lógica implacable de la ley de la gravedad, que ahora el gobierno debe reaccionar con toda la fuerza del estado para impedir a tiempo la disolución del orden social, la caída en el abismo de una cruenta guerra civil y la derrota de la revolución. Impedir ese "final terrible" del que hablaba Marx antes del "terror sin fin."

 

Si el gobierno bolivariano adopta este curso de acción podrá salvar la continuidad del proceso iniciado por Chávez en 1999, sin preocuparse por la ensordecedora gritería de la derecha y sus lenguaraces mediáticos que de todos modos ya hace tiempo vienen aullando, mintiendo e insultando a la revolución y sus protagonistas. Si, en cambio, titubeara y cayera en la imperdonable ilusión de que a los violentos se los puede apaciguar con gestos patrióticos o rezando siete Ave Marías, su futuro tiene el rostro de la derrota, con dos variantes. Uno, un poco menos traumático, terminar como el Sandinismo, derrotado "constitucionalmente" en las urnas en 1989.

 

Sólo que Venezuela está asentada sobre un inmenso mar de petróleo y Nicaragua no, y por eso hay que desterrar el espejismo de que si los sandinistas volvieron al gobierno los chavistas podrían hacer lo propio, diez o quince años después de una eventual derrota. ¡No! El triunfo de la contrarrevolución convertiría de hecho a Venezuela en el estado número 51 de la Unión Americana, y si Washington durante más de un siglo ha demostrado no estar dispuesto a abandonar a Puerto Rico ni en mil años se iría de Venezuela una vez que sus peones  derroten al chavismo y se apoderen de este país y su inmensa reserva petrolera.

 

La revolución bolivariana es social y política y, a no olvidarlo, una lucha de liberación nacional. La derrota de la revolución se traduciría en la anexión informal de Venezuela a Estados Unidos. La segunda variante de una posible derrota configuraría el peor escenario. Incapaz de contener a los violentos y de restablecer el orden y una cierta normalidad económica una insurrección violenta aplicaría el modelo libio para acabar con la revolución bolivariana.

 

No olvidar que ahora la número dos del Comando Sur es nada menos que un personaje tan siniestro e inescrupuloso como  Liliana Ayalde, quien fuera embajadora de Estados Unidos en Paraguay y Brasil y que en ambos países fue la artífice fundamental de sendos golpes de estado. Una mujer de armas tomar a quien no le temblaría la mano a la hora de lanzar las fuerzas del Comando Sur contra Venezuela, derribar su gobierno y, como en Libia, hacer que una turbamulta organizada por la CIA termine con el linchamiento de Maduro como sucediera con Gadafi, y el exterminio físico de la plana mayor de la revolución.

 

La dirigencia bolivariana, la obra de Chávez y la causa de la emancipación latinoamericana no merecen ninguno de estos dos desenlaces, ninguno de los cuales es inevitable si se relanza la revolución y se aplasta sin miramientos a las fuerzas de la contrarrevolución.

 

*Fuente: Atilio Borón

Nota:

[1] El más completo de esos infames manuales escrito por Eugene Sharp es De la Dictadura a la Democracia publicado en Boston por la Albert Einstein Institution, una ONG pantalla de la CIA. Sharp se considera el creador de la teoría de la "no violencia estratégica". Para comprender lo que significa esto, y para comprender también lo que está ocurriendo hoy en Venezuela, aconsejo fervientemente leer ese libro y sobre todo el Apéndice, en donde su autor enumera 197 métodos de acción no violentas, entre los que se incluyen "forzar bloqueos económicos", "falsificar dinero y documentos", "ocupaciones e invasiones", etcétera. Todas acciones "no violentas", como puede verse.

 

 

 

 

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