miércoles, 29 de marzo de 2017

Una disciplina caduca + Asco, piedad y horror + Son cuñas del mismo palo + Urgente tema de menores + Justificado clamor por la depuración

 

 

Una disciplina caduca

 

Las imágenes que construimos en el discurso público exageran los rasgos negativos de aquellos a quienes criticamos. Y también exageran los rasgos positivos de aquellos a quienes apoyamos.

 

Así, Jimmy Morales termina pintado por sus contrincantes como un simplón, títere de militares. Mientras tanto, los constructores de hidroeléctricas describen a Rigoberto Juárez y a otros líderes indígenas como cuatreros inescrupulosos. Y entre todos imaginamos como imparables genios del mal a los narcopolíticos que se mueven en los entretelones del Congreso.

 

La realidad es más compleja. A veces la gente es más chambona que mala. Así descubrimos que la magistrada todopoderosa no pudo sino agazaparse disfrazada en una abarrotería cuando salieron tras ella la Policía y el Ministerio Público.

 

El racista cacique empresarial actúa más por miedo que por dinero. Y, como descubrió un amigo que se mueve en medios, cuando al fin entrevistó al operador político que todos ensalzaban por astuto, resultó portarse como un alcalde de pueblo ¡y borracho! El oponente también se equivoca, también tiene sueños y quiere lo mejor para sus hijos.

 

Es importante reconocer esta humanidad del contrincante, que aspira, ama y comete errores. No solo porque señala por dónde atacarlo, sino porque nos recuerda a cada uno cómo somos también. Esa humanidad compartida nos obliga a admitir que algún bien querrán los señores del no, los que se sientan en las conferencias del Cacif, aun cuando descarrilen con miopía pasmosa nuestra modernización judicial. Es el mismo bien que busca el líder indígena, aun cuando resiste con bloqueos y manifestaciones la hidroeléctrica que amenaza sus tierras sin darle siquiera energía eléctrica a cambio.

 

Esa humanidad compartida invita sobre todo a reconocer el error del propio bando. Es una lección difícil pero urgente. En esto, lo he anotado antes, la izquierda lo tiene fácil. Por definición, ser progre es estar en contra y aparte de lo que ya existe, incluso de aquellos a quienes se valora. Por eso la izquierda no tarda en hacer pedazos a cualquiera apenas comete un error, así sea uno de sus propios notables.

 

Sin embargo, el ejercicio urge mucho más para la derecha. Por razón de sueños y proyectos compartidos, estos días conversé con personas cercanas a la élite económica nacional, alguno, incluso, parte de ella en el sentido más estricto. La experiencia subrayó lo visto antes: una característica sobresaliente de esa élite es la disciplina. «Roma locuta, causa finita» se traduce aquí como «El Cacif ha hablado. No hay más debate». Cuando el Cacif habla, todos callan y cierran filas.

 

Pero hace falta, ¡urge, más bien!, que desde la derecha y desde el seno de la élite económica haya quienes se atrevan —públicamente y sin ambigüedad— a disentir de la línea oficial, tradicional y sempiterna del sofocante consenso del Cacif. Toca que alguno, mejor aún, algunos, en un plural valiente, desde la riqueza y el poder que da el origen de élite se atrevan a dar ese breve pero indispensable paso del temor al liderazgo.

 

Hace falta un hijo de la élite que tenga los arrestos para señalar que la resistencia del Cacif a la reforma propuesta al artículo 203 constitucional no solo fue racista, sino ineficaz para los fines de la justicia, no digamos ya para construir una economía moderna.

 

Urge animarse. ¿Habrá alguien —aunque sea uno solo, una sola— que subraye en público lo obvio: que no se justifica el particularismo que trata como especiales las iniciativas de la propia élite, así el lío sea por un vulgar hogar de niños con míseros 11 beneficiarios, aunque la intención sea buena, solo porque lo maneja una familiar?

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Asco, piedad y horror

 

Asco, piedad y horror | elPeriódico de Guatemala http://elperiodico.com.gt/opinion/2017/03/29/asco-piedad-y-horror/

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Son cuñas del mismo palo

 

Cuando se habla de la depuración del Congreso de la República vienen a cuento los distintos casos que hay iniciados para retirar el antejuicio a varios diputados, además de los que ya están enfrentando el proceso respectivo, y se elevan las voces para advertir que tenemos que ser muy cuidadosos con la institucionalidad del país. Algunos ingenuos piensan que en vez de los diputados que vayan siendo acusados y deban dejar sus curules, llegarán "nuevos" que no tienen las mismas mañas y que ello asegura que vamos en camino de una depuración importante, sobre todo si avanzan investigaciones como la del soborno brasileño a los diputados de la legislatura pasada.

 

La verdad es que se trata de una ilusión pensar que los "nuevos" son distintos, puesto que fueron electos mediante los mismos mecanismos y provienen de los mismos partidos. En otras palabras, son cuñas del mismo palo y no hay manera de pensar que de esa forma vamos a depurar la más contaminada de las instituciones del Estado que, además, resulta crucial si de verdad estamos pensando en la transformación de nuestro régimen político. Es el mismo Congreso que hizo unas reformas a la Ley Electoral que fueron muy cacareadas por todos, pero que no tocan ni por asomo el meollo de los problemas, puesto que la próxima elección de diputados al tenor de esa ley deberá ser exactamente igual a la que los ciudadanos hicieron en los últimos comicios.

 

Es imperativo cambiar la forma en que se integra el Congreso de la República, no sólo en cuanto a las listas de candidatos sino también en cuanto a los distritos por los que son electos. Nuestro modelo actual, que muchos defienden como muy democrático porque da participación a las minorías (es decir a los partiduchos menos importantes) es una farsa desde el punto de vista del real ejercicio de la democracia porque el ciudadano no tiene opción más que la de elegir entre listados cerrados que conforman los mismos partidos políticos.

 

La institucionalidad es, desde luego, el gran freno para una depuración real porque en su defensa nos tenemos que atener a que lleguen coyotes de la misma loma a ocupar las curules que van quedando vacantes.

 

Yo pienso que hay algunos diputados al Congreso de la República que tienen pleno conocimiento de cómo se mueven los negocios y se "menea la melcocha" en el Legislativo. Ellos podrían convertirse en verdaderos líderes de la transformación si tuvieran la entereza de desnudar y denunciar al sistema. Lo que hace falta es tener algo de decencia y unos faroles del tamaño de la Catedral para dar un paso al frente, y evidenciar los vicios ancestrales en el ejercicio de las funciones políticas en nuestro país.

 

Con uno que lo hiciera, el ciudadano podría tener la radiografía completa para emprender el camino de una verdadera depuración que termine con tanta patraña y engaño. Por supuesto que eso implica reconocer que se ha sido parte del sistema podrido y asumir las consecuencias, pero en circunstancias como las que vive Guatemala, sin horizonte ni norte, un gesto así marcaría una gran diferencia.

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Urgente tema de menores

 

 

Mientras parece que la sociedad, como siempre, se va olvidando de los hechos profundamente trágicos que han sucedido en el país, como la muerte de 41 mujeres adolescentes en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción, tenemos que llamar la atención no solo de los lectores sino de las autoridades sobre esa institución de tutela de menores.

 

Ayer publicamos, otra vez, historias como las que durante los últimos años nos han informado de las irregularidades que sucedieron en dicho hogar y que nos tiene con la espeluznante cifra de 106 niñas y niños y/o adolescentes desaparecidos.

 

Se ha denunciado que pudo haber una red de trata de personas, hay rumores sobre menores que se "habrían fugado" según los registros, para poder dejar de ser contados diariamente mientras eran explotados por una red. Asimismo, existen temores de que algunos hayan sufrido peor suerte.

 

Lo que no nos cabe duda es que lo más urgente en este momento es que se pueda hacer una revisión profunda y formal sobre lo que ha venido sucediendo en dicho hogar bajo el control de la Secretaría de Bienestar Social, SBS, y que también se evalúe, no solo qué está sucediendo en otros hogares similares, sino qué ha hecho cada una de las instituciones correspondientes para garantizar la seguridad e integridad de estos menores.

 

No podemos solo cambiar la página ante el drama que antes de y durante el incendio sufrió la niñez y adolescencia institucionalizada. Es fundamental que este tema se trate con la urgencia y seriedad que implica.

 

Por supuesto que ante los escándalos en el Congreso de la República por capturas y lo "ofendidos" que se sienten por verse como un chiste, el descaro en casos como TCQ, lo ocurrido en Etapa II y todo aquello que nos distraiga, habrá que mantener la atención en el tema para que entre tanto circo no se nos pierda algo tan importante.

 

A las nuevas autoridades de la SBS les corresponderá ejecutar todas las acciones posibles para poder prestar servicios más adecuados y la Procuraduría General de la Nación deberá actuar como si hubiera tanta plata en este tema como en el Caso de TCQ para ser eficiente. El Ministerio Público tiene que investigar, de inmediato y sin excusas, estas denuncias que implican una situación tan delicada.

 

Desde hace años empezamos en La Hora a pedir que se atendiera este Hogar y el drama de las jóvenes. Hoy, 41 fallecidas y 106 desaparecidas después, queremos volver a pedirles a las autoridades que pongan una urgente prioridad en esto.

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Justificado clamor por la depuración

 

Once agrupaciones de autoridades ancestrales indígenas firmaron el pasado jueves un manifiesto en Sololá en el que desconocen al Congreso, al cual consideran falto de legitimidad, pero también demandan una depuración de los tres organismos del Estado, como única vía para superar la cooptación de las mafias en las instituciones.



Uno de los argumentos que exponen los firmantes es que su acto de buena fe, al solicitar el retiro del artículo 203 relativo a la inclusión y reconocimiento de la justicia indígena, tampoco desentrampó las discusión en el Congreso de las reformas constitucionales en el sector justicia y más bien los diputados han hecho intentos por legislar para favorecer la impunidad.



En efecto, la muestra de dignidad manifestada por el conglomerado indígena al solicitar el retiro de ese artículo era un claro mensaje para poner en evidencia a quienes obstaculizan los cambios y, efectivamente, el Congreso no pudo avanzar más en esa discusión. Por el contrario, varios diputados buscaron introducir iniciativas claramente favorables a entorpecer investigaciones contra criminales.



La depuración de diputados ha sido un clamor reiterado que no ha encontrado eco ni ha logrado un cambio de actitud en el Legislativo ni en ningún otro sector. Más bien, los diputados dan muestras de querer aprovecharse de la indiferencia del guatemalteco para apuntalar la cultura de la criminalidad, con iniciativas que pretenden exonerarlos de responsabilidad en hechos ilícitos cometidos desde el 2008 a la fecha.



No solo se ha detenido la discusión de la agenda legislativa, sino que se acrecienta la preocupación de los congresistas por blindarse ante cualquier embestida de la justicia, como ocurrió el pasado 14 de marzo, cuando se intentó amnistiar a quienes pudieran haber incurrido en ilícitos, como abuso de autoridad, creación de plazas fantasma, lavado de dinero, discriminación y una generalizada conducta en favor de la corrupción.



En esa vía avanzaba otro intento efectuado el pasado 21 de marzo cuando, en pleno drama por la tragedia ocurrida en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción, los diputados plantearon otra iniciativa con la cual pretendían eliminar cualquier castigo o limitación al transfuguismo, una práctica que ha sido la mejor muestra de los oscuros intereses que mueven a la mayoría de integrantes de la actual legislatura.


Estas son bochornosas acciones que ahora justifican el reclamo de las autoridades indígenas, quienes a su vez llaman a la unidad por el rescate de la institucionalidad, un esfuerzo en el que también ven un trabajo solitario del Ministerio Público y la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala, a cuyas autoridades expresan su reconocimiento ante la desigual batalla que libran, y por ello claman por una depuración del Estado, "cooptado por las mafias empresariales y militares".



Guatemala atraviesa una de las coyunturas más difíciles de los últimos años, con una clara precariedad en la conducción en los tres poderes del Estado, y lo menos que cabría esperar es que el manifiesto de Sololá haga recapacitar y cambiar de actitud a quienes ahora son señalados por incapacidad o inmoralidad.

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"Si eso no es vivir en un Estado fallido"

 

Hace un par de años escribí, en este mismo espacio, una columna en la que hablaba de las cosas que muchas veces vemos y aceptamos como normales (aunque en el fondo sepamos que no lo son). Hablaba también de cómo esa "normalidad" va a depender del parámetro de comparación que utilicemos para dilucidar el asunto, ya que lo normal para unos, puede no serlo para otros.

 

Hoy, recordando ese breve escrito de tiempo atrás, caigo en la cuenta de que esa percepción de "normalidad" a la que entonces me refería, sigue estando presente en nuestro día a día, algo que es así y así debe seguir siendo porque no nos queda de otra, o porque ya estamos acostumbrados.

 

Y en ese proceso, no nos detenemos a pensar en el daño tremendo que le hacemos a nuestra sociedad y a nosotros mismos, porque tarde o temprano nos alcanzará en virtud de que no podemos ser ajenos a lo que acontece a nuestro alrededor, aunque desviemos la mirada hacia otro lado, aunque queramos hacernos la ilusión de que las cosas no son así. En ese sentido, traigo a colación una breve charla que sostuve hace pocos días con un viejo amigo de universidad, quien me dijo lamentar vivir en el Estado fallido en el que se ha convertido Guatemala.

 

Yo le respondí (negándome a aceptar dicho calificativo, quizá por una cuestión puramente sentimental) que para aseverar que un Estado es fallido, deben concurrir una serie de elementos que le hagan ser considerado como tal, y que abarcan tanto cuestiones sociales como políticas y económicas… "Sin embargo", replicó, "hay situaciones que resultan evidentes y que fácilmente podrían constituirse en esos elementos que son sintomáticos de los Estados fallidos".

 

Y empezó a exponerme sus argumentos y a recitarme una larga lista en la que me habló del aumento innegable de guardias de seguridad privada en las calles, centros comerciales, autobuses y hasta tiendas de barrio, por la incapacidad de las instituciones del Estado de brindar seguridad; mencionó al grupo de diputados al Congreso de la República aprovechando el desvío de la atención pública hacia otros asuntos, para hacer micos y pericos en el Legislativo, lamentó el hecho innegable de que Guatemala siga siendo uno de los países latinoamericanos que menos invierten en educación y bienestar infanto-juvenil; y se quejó (entre otras cosas) del hecho de que una persona de la tercera edad (que ya recontrapagó sus medicinas a través de años y años de aportación al seguro social) tenga que padecer largas esperas, incomodidades y hasta humillaciones para recibir unas cuantas pastillas y una nueva cita para dentro de muchos meses […] Dijo muchas cosas más, pero me negué a interrumpirlo y debatir aquellas verdades a las que pareciera que nos hemos ido acostumbrado como si de algo "normal" se tratara. "Si eso no es vivir en un Estado fallido…", concluyó. Y se despidió, sonriendo, y con esperanzas, a pesar de todo.